¿Como no vamos a ser violentos?
Respuesta a las columnas sobre violencia
Leo con especial atención las discusiones que secundarios han esbozado alrededor de la violencia. Tanto la columna inicial como la contra columna entregan visiones que, pese a contener afirmaciones razonables, pecan de problemas de análisis de los cuales hay que hacerse cargo. Varias de estas contradicciones ya habían sido enunciadas —con mayor o menor tolerancia— en las discusiones posteriores y en la sección de comentarios, lo que demuestra que el debate sigue abierto y lejos de resolverse en categorías simples.
La violencia desde una semántica materialista
Todo proceso histórico de contradicción desemboca en antagonismos concretos. Decir que la historia de la sociedad es la historia de la lucha de clases no ocurre en el vacío; implica comprender que incluso las categorías con las que interpretamos el conflicto son también terrenos de disputa política.
La discusión sobre qué es o no “violento” rara vez constituye un hecho objetivo o neutral. La violencia es, ante todo, una categoría en disputa de hegemonía. Funciona muchas veces como un mecanismo de legitimación o deslegitimación política:
Aquello que amenaza las estructuras dominantes suele ser rápidamente catalogado como violento, mientras la violencia cotidiana del orden existente se vuelve invisible, normalizada o incluso legítima.
Por eso la violencia aparece como un concepto líquido, moldeable según las necesidades del poder y de las fuerzas en conflicto.
La violencia del orden dominante no se expresa únicamente en la represión física. Es también la violencia de las relaciones de producción, de la precarización sistemática de la vida, de la mercantilización de derechos sociales, de la desposesión, del endeudamiento y de la administración desigual de la dignidad. Es estructural, pero también simbólica y cultural; se expresa en la capacidad de moldear el sentido común y establecer qué formas de acción son aceptables y cuáles deben ser criminalizadas.
Nuestra violencia
Nuestra violencia, en cambio, surge como respuesta contradictoria ante esa estructura. Puede adoptar formas vanguardistas —como los overoles blancos, las tomas de terreno o distintas expresiones históricas de sabotaje y confrontación—, pero también formas de masas: la huelga, la paralización de la producción, la ocupación colectiva de espacios, la movilización popular o la construcción de un sujeto político capaz de disputar poder real.
Es completamente comprensible que, frente a un sistema profundamente violento, emerjan respuestas violentas contra él. La rabia, la angustia, la frustración y el abandono no son anomalías individuales, sino consecuencias políticas de las contradicciones del propio sistema.
El problema no reside en negar esas emociones, sino en cómo se canalizan históricamente.
Sin embargo, reconocer aquello no implica romantizar cualquier expresión de violencia política. La pregunta central no es si una acción es violenta o no, sino si contribuye efectivamente a construir fuerza social, legitimidad histórica y capacidad contrahegemónica.
Ahí es donde comparto parcialmente una de las críticas realizadas a la columna inicial. La violencia puntual, puramente performativa y políticamente inconducente —como lanzar molotovs a carros blindados sin alterar en absolutamente nada el funcionamiento material del sistema— difícilmente logra consolidar organización o ampliar la capacidad política del movimiento. El sistema continúa funcionando exactamente igual antes y después del acto.
Pero esta crítica no debe entenderse como una deslegitimación abstracta de toda violencia vanguardista, sino como una crítica a su direccionamiento político.
La radicalidad no puede medirse únicamente por la espectacularidad del enfrentamiento, sino por su capacidad de afectar estructuras reales de poder.
Una izquierda incapaz de construir poder material termina atrapada en una lógica puramente estética de resistencia.
Violencia y hegemonía
Por eso, más importante que la declaración simbólica de “ser violentos” o “ser no violentos”, es comprender que dichas posiciones muchas veces operan tácticamente dentro de disputas por legitimidad y hegemonía. Declararse violento puede funcionar como apropiación política de una categoría históricamente usada para criminalizar; declararse no violento puede operar como táctica de ampliación de legitimidad social. Ninguna de ambas posiciones constituye, por sí sola, el centro de la discusión estratégica.
Porque ninguna declaración tiene valor histórico si no va acompañada de construcción material alternativa.
El problema de gran parte de la izquierda contemporánea es precisamente haber reducido la política ya sea a la administración institucional del modelo o a la pura performatividad radical, abandonando la construcción de contrapoder real. Después del consenso de Washington, ningún partido logró proyectar un horizonte serio de superación estructural del neoliberalismo.
Construir futuro
Y quizás ahí reside una de las tareas fundamentales del presente: antes incluso de pensar en superar plenamente el capitalismo, debemos reconstruir capacidad colectiva contra el neoliberalismo. No solo porque mercantiliza derechos, sino porque destruye comunidad, fragmenta subjetividades y vuelve imposible imaginar horizontes comunes.
Necesitamos construir cooperativas, redes territoriales, medios de comunicación propios, organizaciones sindicales fuertes y espacios de articulación política capaces de disputar hegemonía cultural y material a los grandes grupos económicos.
Necesitamos una izquierda capaz de actuar en red, de discutir programáticamente a la interna y confrontar ideológicamente hacia afuera, no en torno a un simple programa de gobierno, sino alrededor de un horizonte histórico de superación del neoliberalismo.
La tarea de nuestro tiempo no consiste únicamente en resistir el orden existente, sino en construir las condiciones materiales, culturales y colectivas de un futuro distinto.